Ella mira demasiado, me regala su perfil… Le escucho susurrar, mientras la observo como perdía su mirada tras el paisaje que observa por la ventanilla del coche, como si se perdiera en cada verso de su canción favorita y se metiera en la piel de aquellas aves que vuelan por el cielo. Ese cielo que se refleja en el mar que poco a poco se acerca a nosotros. Nuestro aleatorio destino. Elegido por nosotros, ella y yo, solos, perdidos en aquel lugar.
El viento le despeina su media melena que lleva recogida bajo
un sombrero tejano, se gira y detrás de ese tono rosado que el sol convierte en
los cristales de sus gafas puedo ver sus ojos, sonrientes transformándose en
ojos de sorpresa que hablan por si solos al darse cuenta que el viento se lleva
su sombrero. Se aleja de mi, del asfalto salta a la arena, corre y sigue
corriendo quitándose a la vez sus bambas quedando descalza. Su sombrero cae
sobre las rocas parando el recorrido que le ha provocado el viento y que ha
convertido en una lucha de gigantes que termina en una derrota victoriosa, con
su sombrero y sus pies mojados, sus pelos despeinados y ella acercándose a mi
riendo a carcajadas mientras acepto que a pesar de esta escena no me la voy a
poder quitar de la cabeza, ella perfectamente imperfecta.
Se dirige a mi hablándome de su torpeza, de su sombrero,
habla de “los pelos de loca” que lleva siempre quejándose, oigo la palabra “paseo”,
la oigo hablar pero no la escucho, sigo perdido en sus ojos y miro sus labios
que lleva pintados con un rojo discreto, miro sus manos señalando la dirección
que quiere seguir, y exactamente lo que creía haber entendido, quería dar un
paseo. Pero yo sigo perdido en ella, sin ser consciente de ese día… Decido
reaccionar y saco mi cámara y fotografiarla para inmortalizar este momento, tan
bonita con su melena al viento y las olas salvajes al fondo, dejándome hipnotizado. Quiere verme surfear me dice, y entonces vuelvo en mi recordando a que habíamos venido, me dirijo al coche para coger mis cosas ella mientras se
sienta sobre la arena y a lo lejos la escucho cantar: la silueta del pecado
diseñada para mi…
Me quito la ropa, ella me observa, se ha fijado en mi
tatuaje y otra vez su mirada lo dice todo, son ojos de deseo. Me pierdo entre las
olas como si de esa mirada se tratase, que momento más mágico, pierdo la noción
del tiempo, el sol del atardecer se mezcla con cada ola que me sumerge al fondo
del mar, salgo a su encuentro y me sorprende con una serie de diferentes poses
riendo otra vez a carcajadas. Se ha puesto mi jersey, el viento viene frío, le
queda ancho, tanto que apenas se ve el borde de su falda, pero eso me hace
pensar que la hace más sexy.
Me siento en la arena, cierro los ojos, los últimos rayos
del sol me transmiten su calor en mi cuerpo mojado, al abrirlos tengo su cara
enfrente de mi, sonriéndome, pero no con su sonrisa si no con sus ojos, mi
mirada fija en sus pupilas mientras se acerca, me besa suavemente y me susurra
entre mis labios… Colmillitos afilados, cuéntales lo que te di.
Ella, la arena, sus ojos, las olas, su carcajada, su pelo
alocado, mi realidad.
Posdata: él, Leiva, mi inspiración, mi habitación, música,
mi relato, mi realidad.




